Santiago Ferrer - Guitarra

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Santiago Ferrer Guitarra

Vitacura, Santiago.

20 años.

Uff... No logro entender en esta vida por qué me emociona tanto la música Latioamericana. Tiene muchos componentes que racionalmente podría comentar para justificarlo, pero hay algo mucho más allá de lo que es tangible. Me cuesta mucho expresarlo. La música de raíz es tan del alma, que me hace sentir que le debo un compromiso gigante a la existencia. Siento que es una de las formas que la vida nos entrega para darle sentido. No todo son números y letras. Como dijo Víctor, es con sentido y razón. Me motiva mucho su diversidad, su historia, los distintos mensajes que tiene, su propio sincretismo. Es unión. Me hace sentir parte de un todo, ser uno. No sé por qué razón, pero potencia mucho mi vida espiritual. Es muy difícil de explicar. Puede sonar egoísta, pero me hace sentir muy bien. Me motiva saber que hay más en lo mismo, que la gente se aprende a querer desde aquí, que sea algo indispensable para nuestro desarrollo, que sea algo tan humano. Y creo que eso es algo que quiero seguir aprendiendo, a ser más humano todavía. Es increíble que los errores en la música no se abandonan ni se borran, se cambian y mejoran, siempre. Algo que ya se escuchó es imposible de borrar. Me enseña a reparar. Me encantan los ritmos de latinoamérica, desde lo más Chileno (que en realidad está en varios lados más con otros nombres) como la cueca, hasta lo más histórico como la música Afro-Peruana. Este año he tenido el agrado de moverme en otros lados, como la cumbia de Colombia y el Joropo Venezolano, que tiene un sentimiento desde sus bases armónicas-rítmcas asombrosas. Me queda tanto por descubrir, y mi ser lo pide a gritos desde adentro, quiero saber más. Para que de esa forma, en el algún momento pueda yo devolver la mano y continuar con el círculo. Me impresiona que ahora yo también pueda enseñarle cosas a mis amigos, algo que nunca pensé que sucedería, y fue gracias a CMA. Algo que me motiva también es que todos aprendemos de todos. Y siendo siempre desde la música, no sólo aprendemos cosas de ella, sino que también a relacionarnos, a tolerarnos y a reconocer nuestros errores, asunto que CMA 2017 dejó latente y que me he esmerado por, junto con la música, reparar. Me encanta que le de sentido a nuestras y vidas, y que como dije, nos haga ser más humanos.


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Los estudios teóricos musicales los he ido formando con investigación, amigos que estudian la carrera y experiencias musicales, como lo han sido la Banda Fusión San Ignacio y el CMA 2017. Mi aprendizaje sigue en marcha y ha sido un camino lleno de sorpresas: Los nuevos artistas que he ido descubriendo me han dado herramientas para entender cómo poder tocar los instrumentos, sentirlos y pensarlos. En el colegio los profesores de música potenciaron mucho nuestras habilidades (mis amigos cercanos han sido fundamentales dentro de mi recorrido musical), quienes, con aquella estimulación, nos mostraron el largo y fantástico camino -que nunca acaba- que nos queda en este gran arte. Los años anteriores la influencia de Inti Illimani, Inti Illimani Histórico, Illapu y Nano Stern era muy presente. Con ellos aprendí mucho del sentido social de la música, de la alegría de la composición y que esta rama artística es tremendamente sentimental, que nos ayuda a reflexionar y a poner en el presente los problemas que fueron, son y serán siempre nuestros. Sin embargo, este año tuve un giro inesperado del cual estoy muy agradecido: Descubrí a dos grandes mujeres. Por un lado, Elizabeth Morris, de quien tuve el agrado de presenciar una clase suya en el Estudio 435, me reflejó composiciones que paradojicamente son complejas y sencillas, pudiendo aprender de inversiones y sonidos que la guitarra puede hacer, además de conseguir la gran motivación de la escritura poética-musical, como las cuecas y las décimas. Junto con esto, pude aprender a sentir más la música desde los arreglos instrumentales y la raíz folklórica continua en sus composiciones. Magdalena Matthey fue quien acompañó mi camino, junto a Elizabeth, este 2017. Su canto tan humano, tan emocionante me ayudó a contemplar el lado amoroso de la música. Su magia acompañó, además, mi vida muy íntima, siendo un gran pilar dentro de mi relación de pareja,  ya que es la cantautora favorita de mi polola, de quien ya hablaré. En su canto conocí a sus grandes e increíbles músicos, entre quienes resaltan Tilo González y su hijo Simón. De Tilo no pude aprender mucho, puesto que un área que no he tenido la oportunidad de desarrollar son las percusiones, pero de Simón pude aprender a entender la guitarra de otra forma. El estilo de los dedos libres me llamó mucho la atención, cosa que me impulsó a tener las ganas de aprender un gran tema suyo, con el cual postulo: Nortinohuay. Más emocionante fue cuando supe que será profesor, cosa que me motivó aún más para ir con la guitarra este año. Antes de terminar esta extensa expliación de mi vida musical, no puedo dejar de lado a la mujer que me entrego sus energías para avanzar en este duro 2017. Su humildad, su sencillez, su consciencia y sensibilidad han hecho que ella se haya convertido en mi maestra más grande. Con nuestros sentimientos aprendí a dejar la razón de lado, a aprender a querer -tanto a la música y a la gente- por como son y no por lo que me gustaría que fuera y a mirar con ojos más compasivos. Ella ha sido fundamental en este impulso de mi vida por las artes musicales, y casualmente (aunque no creo que haya sido coincidencia) creo que este año he tenido un avance increíble con las cuerdas.

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Cuéntanos sobre tu interés en la Música Popular Latinoamericana y sus raíces folclóricas

Uff... No logro entender en esta vida por qué me emociona tanto la música Latioamericana. Tiene muchos componentes que racionalmente podría comentar para justificarlo, pero hay algo mucho más allá de lo que es tangible. Me cuesta mucho expresarlo. La música de raíz es tan del alma, que me hace sentir que le debo un compromiso gigante a la existencia. Siento que es una de las formas que la vida nos entrega para darle sentido. No todo son números y letras. Como dijo Víctor, es con sentido y razón. Me motiva mucho su diversidad, su historia, los distintos mensajes que tiene, su propio sincretismo. Es unión. Me hace sentir parte de un todo, ser uno. No sé por qué razón, pero potencia mucho mi vida espiritual. Es muy difícil de explicar. Puede sonar egoísta, pero me hace sentir muy bien. Me motiva saber que hay más en lo mismo, que la gente se aprende a querer desde aquí, que sea algo indispensable para nuestro desarrollo, que sea algo tan humano. Y creo que eso es algo que quiero seguir aprendiendo, a ser más humano todavía. Es increíble que los errores en la música no se abandonan ni se borran, se cambian y mejoran, siempre. Algo que ya se escuchó es imposible de borrar. Me enseña a reparar. Me encantan los ritmos de latinoamérica, desde lo más Chileno (que en realidad está en varios lados más con otros nombres) como la cueca, hasta lo más histórico como la música Afro-Peruana. Este año he tenido el agrado de moverme en otros lados, como la cumbia de Colombia y el Joropo Venezolano, que tiene un sentimiento desde sus bases armónicas-rítmcas asombrosas. Me queda tanto por descubrir, y mi ser lo pide a gritos desde adentro, quiero saber más. Para que de esa forma, en el algún momento pueda yo devolver la mano y continuar con el círculo. Me impresiona que ahora yo también pueda enseñarle cosas a mis amigos, algo que nunca pensé que sucedería, y fue gracias a CMA. Algo que me motiva también es que todos aprendemos de todos. Y siendo siempre desde la música, no sólo aprendemos cosas de ella, sino que también a relacionarnos, a tolerarnos y a reconocer nuestros errores, asunto que CMA 2017 dejó latente y que me he esmerado por, junto con la música, reparar. Me encanta que le de sentido a nuestras y vidas, y que como dije, nos haga ser más humanos.

Cuéntanos sobre tu experiencia musical

Empecé con la guitarra el año 2011, en un curso del colegio en el que en un semestre nos enseñaban los acordes básicos (mayores y menores, no sostenidos ni bemoles) en la guitarra. Luego, gracias a mis amigos, pude potenciar eso, descubriendo otros acordes y posiciones. El año 2013 se funda la Banda Fusión San Ignacio en mi colegio, contexto en el que se potenciaron muchas habilidades, como la sistematicidad, el orden y la perseveracia, y conocí nuevos instrumentos, como los toyos, la quena y el charango. En este conjunto entré con mis amigos, que ya eran bastante avanzados para la edad, y aprendí a admirar y usar, en el buen sentido de la palabra, sus técnicas y aptitudes. Debo nombrarlos: Héctor con su asombrosa habilidad en las cuerdas de su guitarra eléctrica, Claudio, con sus tremendos conocimientos teóricos que palpaba en su bajo, Felipe, con sus pulmones de hierro en el Saxo y Gabriel con su dura capacidad de levantarse cada vez que desafinaba en el canto y en su quena (siento que con él fuimos los que más tuvimos un crecimiento desde lo muy básico, hasta lo intermedio-alto en la banda). Después de ese primer año, el 2014 nos pudimos unir independientemente como Antulemu, nombre que cambiaría a Kaipayú. Este fue un espacio en el que nuestras metas ya no funcionaban sólo en la ejecución individual y luego en la simbiosis entre las partes, sino que en momentos de compartir importantes, de aclarar detalles, enseñarnos más directamente de lo que nos falta y avanzar en un camino no resguardado por una institución, como lo era mi colegio. Los años en estas dos agrupaciones fueron de la mano. Con la Banda Fusión logré transformarme en tutor, pudiendo devolverle la mano a quién nos enseño tanto, Ricardo Soto, y ayúdandolo, junto con mis amigos que también siguieron este rumbo, a que los muchachos crecieran de la forma que hicimos, con la idea de que la Fusión cada año debía ser mejor. Lamentable fue el año que no pude seguir siéndolo, pero fue muy inspirador ver caras nuevas que ya sabían lo que hacían. Es un gran orgullo ver el cariño que le tienen a la música y el avance que han hecho y ellos mismos han notado.

 

A pesar de que todo esto haya sido fundamental en mi desarrollo musical, no cabe duda que CMA 2017 fue un punto de cambio rupturista en mi vida. Aprendí a apreciar el arte más integramente, fundándose no sólo desde el yoga (el cual es una actividad que en serio me complicó, por muy raro que suene, me hacía sentir mal), sino desde la meditación y la reflexión. Desde el compañerismo y la sorpresa de que no existe un techo en la música. Desde las palabras que Daniel me dijo y que fueron indispensables para avanzar "somos todos grandes músicos, sólo que algunos tenemos más experiencia que otros". No puedo decir que no fue frustrante ver a inmensos músicos que me descolocaron continuamente porque no lograba entender qué hacía ahí, sin embargo, ahora lo entiendo. Ellos, los profesores, los compañeros, los organizadores, la gente que nos ayudó desde dentro y desde fuera, fueron un regalo. La vida me dio la tremenda oportunidad de aprender y decirme que debo seguir haciéndolo. Que ellos son arte y que yo también lo soy, que puedo ser, a mi manera, un gran músico. Que a pesar de ser el "más malo", puedo avanzar y ser mejor. Y eso es lo que aprendí con el musicaustral. A ser más integro. A ser mejor persona.


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